UNA DICTADURA DE VERDAD

24 de marzo. Dictadura es una madre embarazada de cuatro meses, secuestrada, torturada, asesinada, lanzada al mar, para después su hija ser vendida a uno de sus verdugos. Dictadura son miles de familias desesperadas esperando a un hijo o una hermana que hace semanas no aparece. Dictadura son cientos de Centros Clandestinos de Detención equipados para la tortura y la muerte.

La emblemática Plaza de mayo de Argentina en la movilización por la conmemoración de los 43 años de la última dictadura cívico-militar.

Tuve la suerte de conocer fervientes opositores al gobierno de Nicolás Maduro. Los/as escuché con mucha atención. Me han dicho que el 95% de la población está contra el chavismo. Me han reeditado un mensaje que en Argentina tenemos bien estudiado: sólo son chavistas quienes no pudieron acceder a estudios. Civilización o Barbarie un poroto, Domingo Faustino Sarmiento a la orden del día. Sin registrar la evidente contradicción, reivindicaron los linchamientos a “estudiantes pobres” en las universidades públicas a las que, antes del gobierno de Hugo Chávez, no podían acceder.

Hablaban así, sueltos de cuerpo. Insultaban al Presidente y hasta lo amenazaban de muerte en la vía pública. Participaban puntualmente de todas las movilizaciones de la oposición, hasta reconocían que “una que otra piedra habían tirado”. Se sentían identificados con un don nadie que se hacía llamar presidente ¡y se autoproclamaba en una plaza! Un tipo que se iba del país y volvía por el aeropuerto sellando pasaporte. Pero la idea que más impacto me generó fue la de: “estamos viviendo la dictadura más atroz que ha visto el continente en décadas”.

Dictadura en Venezuela. Nuestro amigo seguro lo diga por ignorancia. Por bronca mal procesada. Quizá esté insatisfecho con su estatus ciudadano y se vaya de boca. No es sólo él. También están aquellos/as que podríamos denominar olvidadizas, colonizados culturalmente. Pseudo-progres que en Argentina abundan y a los que nos les cuesta nada asumir la agenda que les impone el Departamento de Estado. En un tercer lugar, tenemos a los grandes medios de comunicación. Esos que juegan políticamente. Esos que enfrenten a toda aquella o aquel mandatario que se digne a sencillamente no regalar la soberanía. Aplican descaradamente esa máxima atribuida a Joseph Goebbels: “miente, miente, que algo queda”.

Con mayor o menor cinismo, los/as representantes de los tres grupos mencionados están equivocados. Los latinoamericanos tenemos las venas abiertas de dolor y memoria. No nos pueden engañar tan fácilmente. Somos parte de un continente al que Estados Unidos ha regado de sangre con decenas de invasiones y golpes militares. Pero todo ello no ha ocurrido en vano. Nos ha dejado un saldo. Nos ha dejado callos. Heridas que han cicatrizado en forma de incorruptible memoria.

Dictadura son miles de madres no sabiendo a quién recurrir para buscar a sus hijos/as. Dictadura es un médico en la sala de tortura, controlando que al torturador “no se le vaya la mano” con la picana y los golpes, para que el secuestrado no muera y pueda largar la información.

Pero la dictadura en Argentina también es la posibilidad de que nuevas generaciones se incorporen a la lucha de los/as de abajo. Somos miles los que a la primera movilización que fuimos fue un 24 de marzo. Es una puerta de entrada al compromiso, al ejercicio de la memoria colectiva, a la crítica, a la reflexión, a la militancia.

Venezuela es democracia. Venezuela es participación del pueblo. Venezuela es soberanía, es dignidad.

No nos van a confundir.

Dictadura son 30.000 detenidxs desaparecidxs, presentes!

Caracas, 24 de marzo de 2019

¿VOS TE VAS A IR AL INFIERNO O AL PARAÍSO

¿Pensaste en eso? ¿Te atormenta? ¿Te da igual? ¿Qué haces cuando los testigos de Jehová golpean tu puerta los domingos a la mañana? ¿Fingís que no estás? ¿Te interesas? ¿Charlas un poco intentando que pase rápido? Yo tenía un amigo que les discutía y hasta había leído La Biblia para tener argumentos. Pero antes que todo: ¿Crees que exista el infierno? ¿Crees que exista el paraíso? ¿O te parece que son simples ideas fuerza que se instalaron para moldear nuestra conducta?

Dante Alighieri se consagra con una obra que se volvió clásica, La divina comedia. En la misma su personaje principal, Virgilio, nos relata una muy particular experiencia: su travesía por el infierno, el purgatorio y el paraíso. A lo largo de las páginas, nuestro protagonista nos va contando sencillamente lo que ve. Y no es poco. En los diferentes círculos del infierno se suceden delincuentes, traidores, ladrones y hasta quienes sencillamente no se bautizaron.

En las últimas horas leía algunos de esos artículos a los que ya nos acostumbró la izquierda tradicional de mi hermoso país (Argentina). “Contra el gobierno de Maduro, contra el golpismo de la derecha, por una salida independiente de la clase trabajadora” se vocifera. En un grito que bien podría confundirse con un eufórico discurso en español en cualquier plaza de Pekín. En un grito que se parece bastante al piedrazo esperanzado que un niño le lanza a la luna. Digámoslo sin rebuscadas metáforas: en un grito que no sirve para nada.

La realidad es esquiva a cualquier modelo que se le quiera imponer externamente. Y esto no es un renunciamiento a la teoría ni mucho menos. El problema no es modelizar, el problema es confundirse los modelos con la realidad. En la guerra las balas tienen dos opciones, o van para allá o vienen para acá. Y con esto no afirmamos que los bandos sean homogéneos, nada más absurdo, nada más falso en términos históricos. El significado es más sencillo: dispute compañero/a, discuta, pero elija para qué lado va a disparar. En Venezuela hay un golpe de Estado en curso y ante eso hay dos opciones, defender al gobierno de Maduro o enfrentarlo. Te simpaticen o no sus discursos, te agrade o no su política, te digo más: creas o no que va a triunfar con sus orientaciones, hay que apoyarlo.

La imagen que monta la izquierda tradicional es patética. Es como un estadio de fútbol en el que se juega la final de la Libertadores. Están los dos equipos y la terna arbitral. A cancha llena, las dos hinchadas dejan todo intentando intervenir a su modo en el resultado. La final se está jugando y, te guste o no, son esos dos los que llegaron para dirimir la disputa en 90’. En ese contexto estos tipos compran la entrada, juntan unos cientos y (siempre desde la platea) gritan contra ambos equipos, exigiendo que gane uno que no pasó la fase de grupos. Puede ser el mejor, el más digno, el que tiene el DT más experimentado, el que tiene más historia, puede ser incluso el que se lo merece, pero lamentablemente no llegó a la final.

El resultado de la final venezolana no le es indiferente a ningún/a latinoamericano/a (lo sepa o no). Mucho daño le ha hecho al pensamiento revolucionario el dogmatismo. Los logros se conquistan en un tránsito ajeno a toda pretendida perfección. Perfección que sólo existe o bien en las leyes de la naturaleza, o bien en la limitada cabeza de los/as izquierdistas de cafetín. La vida se camina o se ve pasar. Y caminar se camina por el suelo, un suelo repleto de pozos, piedras y pantanos. No hay otra manera, levitar levitan los fantasmas, que no pueden morir, porque ya están muertos.

En su infierno, Dante colocó en el vestíbulo a los tibios. Ni siquiera en el infierno, en el vestíbulo. A los que en la guerra entre Dios y el Diablo no jugaron contra el primero, pero tampoco a su favor. Sencillamente no hicieron méritos ni para el paraíso ni para el infierno. Tibios.

Los que apoyamos al proceso bolivariano en esta feroz arremetida tal vez estemos equivocados/as, es muy probable. Quizá el chavismo triunfe y nos de felicidad. Quizá fracase estrepitosamente y nos deje en una situación complejísima que tardaremos décadas en remontar. Así y todo estamos tranquilos/as. Pues sabemos que tras nuestra muerte, podremos cruzarnos por el infierno, podremos cruzarnos por el paraíso, pero en el vestíbulo, nunca.

Caracas, 18 de marzo de 2019

CON CUANTA CLARIDAD SE VE SU OSCURIDAD

¿Alguna vez tuviste un familiar muy enfermo? ¿Te pasó de turnarte con hermanas, primos, amigas, para ir a cuidarlo al hospital? ¿Alguna vez sentiste ese miedo de que todo salga mal? ¿Rezaste para que no le pasara nada? ¿Le pediste a Dios que lo cuidara aún sin creer en Dios? ¿Transitaste eso de no poder dormir pensando que él o ella seguían en el hospital peleándola y vos ahí?o

Imaginate que en ese momento de mayor tensión se corta la luz del hospital en que está internado/a tu ser querido/a. Pensas que un generador eléctrico puede suplir la situación al menos por unas horas, o quizá tu familiar pueda ser trasladado con el resto de los casos más graves a otro hospital de tu provincia. Pero inmediatamente descubrís que en esos otros hospitales tampoco hay luz, a decir verdad, no hay luz en toda la provincia. Aventuras que quizá puedan llevarlo a otra, con un helicóptero-ambulancia, o algo así, como sea. Pero en las otras provincias no hay luz tampoco. En verdad, no hay luz en todo el país.

Esto no es una ficción de terror. No es retórica de alto impacto. Esto es lo que generó el atentado realizado por la derecha y el imperialismo yanqui en Venezuela el pasado jueves. Atacaron la segunda central hidroeléctrica más grande de América Latina ubicada en Ciudad Bolívar. La misma que abastece al grueso del país. Sumieron en la más cruda oscuridad a 23 de los 24 estados. Generaron cientos de muertos. Afectaron hospitales, escuelas, transporte. Si escribo hoy, es porque recién puedo hacerlo.

En estos días recordaba borrosamente a Trotsky en su reivindicación de Maquiavelo. Lejos de cualquier vulgarización, el ucraniano afirma algo así como que: el fin justifica los medios no es una invitación al “vale todo”, sino más bien lo contrario. La naturaleza de nuestros fines es la que determinará la de nuestros medios. De ello se deriva que, por ejemplo, fines humanitarios no pueden implicar medios inhumanos, pues sencillamente no los podrían “justificar”.

¿Cuáles son entonces los fines de la derecha si los mismos justifican dejar a todos los hospitales del país sin luz por días? ¿En qué están pensando? ¿Qué bueno puede salir de ahí? ¿Cuáles son los fines capaces de justificar esos medios? En su propia desesperación se hunden más y más. Ya no pueden ocultar ni un segundo sus verdaderas pretensiones. Pero en el camino se llevan vidas y eso duele, da bronca, angustia.

Luego del 23F, con el agotamiento de la estrategia del 23 de enero centrada en el quiebre de la alianza cívico-militar Caballo de Troya “humanitario” mediante, la oposición derechista quedó golpeada, agitando la bandera de la intervención militar, pero sin espalda internacional para consumarla sin burdas excusas. Mientras preparan paramilitares para aventurar un ataque con “fuerzas irregulares” desde Colombia, continúan con la tarea del desgaste. El miserable atentado eléctrico no es más que un peldaño de la escalera golpista. Se impone contrarrestar la ofensiva comunicacional. Difundiendo, comunicando, visibilizando, poniendo sobre la mesa los medios y fines de una derecha criminal.

La oscuridad en la que sumieron al país, no es más que la suya. Esa oscuridad que dejó sin agua, sin comunicación, sin transporte, sin fútbol, sin entretenimiento, sin salud y sin educación a un país entero. Los que hicieron eso, ¿qué van a hacer cuando «cese la usurpación”? ¿A qué están dispuestos? Hay lugares de los que no se vuelve.

Con cuanta claridad se ve su oscuridad.

#NoPasarán

San Cristóbal, 10 de marzo de 2019

LA MUERTE NO ES VERDAD

Esta idea siempre me costó. Será porque nunca me salió mucho eso de creer en Dios, será porque de adolescente adherí a una concepción materialista del mundo. No sé bien, la verdad. Pero me costó, aún cuando la formulación sin dudas me seducía. ¡La muerte no es verdad! Es potente. Contundente.

Venezuela’s President and presidential candidate Hugo Chavez speaks in the rain during his closing campaign rally in Caracas October 4, 2012. REUTERS/Jorge Silva (VENEZUELA – Tags: POLITICS ELECTIONS)

Pero en definitiva ¿cómo que no es verdad? ¿Qué me están queriendo decir? ¿Es sencillamente una invitación a la religión o allí se esconde algo más? Cuando mi mejor amigo murió abruptamente, se convirtió en doloroso insumo para la reflexión que nos convoca. La muerte era verdad, quien diga lo contrario no es más que un estúpido, pensé. La angustia nos desgarraba. Qué absurdo relativizar la finitud de la vida.

Después noté que mi amigo seguía actuando de diversas maneras sobre nuestras vidas, mediante el recuerdo, depositado en vivencias fuertes, en determinados sentimientos, en canciones, poemas, risas, en colores, incluso en objetos, o hasta en algunas expresiones o palabras. La muerte no es verdad. Bueno… te concedo que en un punto quizá no lo sea. O que al menos existe cierta inercia, cierta onda expansiva que sobrevive al abandono físico y tan solo relativiza la idea de muerte.

Abrir esa pequeña puertita a la duda, a la posibilidad, fue el principio del fin de todo materialismo vulgar.

Un día como hoy hace seis años moría Hugo Chávez. Nacido en el ‘54 en el interior de Venezuela. De familia humilde y católica. Ferviente lector desde pequeño, anotaba en los márgenes de una enciclopedia que consultaba cotidianamente: “voy a triunfar”. Inevitable no recordar aquella idea de Martí: «Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres.” Pero no se queda ahí el cubano: “Esos son los que se rebelan con fuerza terrible contra los que les roban a los pueblos su libertad, que es robarles a los hombres su decoro.» Y por si faltara algo, remata: “en esos hombres van miles de hombres, va un pueblo entero, va la dignidad humana.”

En un continente que perdía su decoro a sangre y fuego, a pura tortura, asesinato y desaparición. En un continente golpeado por feroces dictaduras, por siniestros planes económicos, por la primacía indiscutible de los Estados Unidos tras la caída de la Unión Soviética. En ese continente, ahí mismo, aparecía Chávez. Voy a triunfar, decía. Llevaba el decoro de millones que lo habíamos perdido entre picanas, violaciones, secuestros y escepticismo posmoderno.

Un Chávez que fue aprendiendo, evolucionando, que se fue transformando, radicalizando. Un Chávez que ante tanta cobardía (respaldada en supuestos “análisis de correlaciones de fuerza”), que ante tantos buenos modales (vestidos de “táctica”), gritó: “váyanse al carajo, yanquis de mierda, que aquí hay un pueblo digno.” Y en ese simple acto modificó esas relaciones de fuerzas que otros estudian en sendos laboratorios de realpolitik.

Ayer mismo por la mañana escuchaba el odio más visceral, más sincero, más desaforado de un opositor que enfurecido y con decenas de argumentos (pero con muchos más sentimientos) defenestraba a Chávez. Horas después veía el amor, descontrolado, casi ciego, inconmensurable, de una señora que lagrimeaba de sólo recordar los discursos de su difunto Comandante. Ese mismo individuo, despierta tantas pasiones, hoy, aquí, ahora, en este momento, todos los días. Y lo hará por mucho tiempo, porque entró a la historia grande. Porque cumplió la profecía que dejo en el margen de aquella vieja enciclopedia.

Me acosté tarde a la noche. Pensé. Este tipo no sólo despierta pasiones, despierta acciones. Movimientos de la IV flota norteamericana, reuniones del Consejo de seguridad de la ONU, del departamento de Estado, investigaciones de la CIA, documentos del Pentágono, despliegue del Ejército Colombiano, organización de millones de milicianos dispuestos a defender su legado, de algunos paramilitares dispuestos a destruirlo, artistas prestos a inmortalizar sus gestos, un pueblo poniendo el cuerpo en cada calle venezolana. En ese concierto de imágenes me vi a mí mismo, acá.

Ya con algo de sueño me dispuse a poner el despertador, descubrí que ya era 5 de marzo. Fue ahí que comprendí todo. Qué absurdo pensar sin más en la finitud de la vida. Qué inconducente y falso reducir, en una actitud casi religiosa, a la humanidad a sus límites biológicos. Y como si lo hubiera sabido desde siempre me dije: la muerte no es verdad, cuando se ha cumplido bien la obra de la vida.

Chávez Vive! La lucha sigue!

San Antonio de Táchira, 5 de marzo de 2019

HASTA QUE YO ELIJA MORIR, VOS NO VAS A PODER MATARME

A los que, como yo, somos más bien rudimentarios en el terreno de las metáforas y la estética, nos costó un poco entender la frase. Bah, qué digo un poco, seamos sinceros/as, en realidad nos costó un montón. La afirmación se la debemos a un gran artista argentino, Gabo Ferro [https://goo.gl/iEBuPr]. Quién pudiera ¿No? ¿Qué es eso de andar eligiendo cuándo morir? Uno tiende a buscar significados literales por todas partes. Mucho tiempo perdí evadiendo esa tentación, hasta que descubrí que no hay metáfora alguna en la frase que titula estas palabras.

El 27 de febrero de 1989 la rabia popular estalló en tierras venezolanas como pudo, lo hizo con toda la fuerza de la espontaneidad, lo hizo en reacción al hambre, la miseria y la corrupción que desataba el programa neoliberal que por mandato imperial se venía aplicando en toda Nuestramérica. Caracazo.

El 4 de febrero de 1992, un Teniente Coronel del Ejército venezolano, encabezaba un intento de golpe de Estado contra ese orden económico, político y social que dejaba afuera a la gran mayoría de los/as venezolanos/as. Lo hacía con toda la fuerza de la organización. En pocas horas el intento era desarticulado. No todas las unidades rebeldes estaban al tanto. Es así que al líder del movimiento le dieron 40 segundos en la televisión para que inste a sus compañeros/as a la rendición. “Lamentablemente, POR AHORA, los objetivos que nos planteamos no fueron logrados”, dijo, y me conquistó… Y es que, ese “por ahora” se convirtió en la esperanza para todo un pueblo que había despertado tres años antes.

La fusión del movimiento principalmente espontáneo del ‘89 y el mayormente organizado del ‘92 en torno a al liderazgo de Hugo Chávez, dio nacimiento a lo que hoy conocemos como chavismo. Esos fueron sus tres vectores fundantes. El resto es bien conocido, ganar una veintena de elecciones, reformar la constitución, recuperar la renta petrolera para el pueblo, recuperar la tierra para el que la trabaja, ayudar a Cuba, derrotar a Bush en 2005, reinstalar el debate de la Patria Grande, reinstalar el debate del socialismo en América Latina y muchos etcéteras.

Cuando en 2013 Hugo Chávez murió, el mundo entero pensó (con la alegría o tristeza correspondiente a sus intereses) que la experiencia llegaba a su fin. Si la mesa del chavismo tenía tres patas, ese 5 de marzo perdía una.

La oposición profundizó su ofensiva. Guarimbas, desabastecimiento, cerco mediático, bloqueo económico, boicot internacional. No pudieron. En los últimos tres años se perdió un 30% del PBI, se encabezan los rankings de inflación. La crisis existe y es profunda, negarla no sirve de nada. La intentona golpista, internacionalmente articulada en torno a Washington, existe, negarla es necio. ¿Por qué no cae el gobierno? ¿Por qué resiste si otras experiencias progresistas menos radicales del continente se desplomaron como castillos de naipes ante amenazas de mucho menor calibre?

Ayer mismo un campesino me decía: “yo me siento más libre desde que entendí la política”. El chavismo empoderó al pueblo. Acá hay un pueblo que abrió los ojos y ya no los puede cerrar, le pese a quién le pese. Hay un pueblo blindado, al que no le entra la munición pesada de los medios. Hay un pueblo que no la está pasando bien, pero que sabe que si Maduro cae, la va a pasar mucho peor. Hay un pueblo politizado, que participa, que pone el cuerpo, en todos los terrenos. Que moviliza de a decenas de miles todos los días. Un pueblo que no tiene voceros en los grandes medios, que no twitea, un chavismo salvaje como se ha dicho por ahí. Un pueblo que es reaseguro.

No va a ser tan sencillo. Hay millones que llegaron a un punto de no retorno en su conciencia. Pueden desacelerar, pueden hasta frenar un tiempo, pero retroceder, nunca. Les pueden tirar con todo, les pueden inventar un presidente 2.0, los pueden difamar en los medios del mundo entero, pueden querer meterle Caballos de Troya humanitarios, pueden desatar más guarimbas, pueden congelarles activos, decretarles más sanciones, pueden colar paramilitares colombianos, pueden hasta concretar la invasión militar, pero no va a alcanzar.

Acá hay un pueblo que aprendió, que hace carne esa idea de Gabo y que le dice al imperialismo con voz clara: hasta que yo elija morir, vos no vas a poder matarme.

San Cristóbal, 02 de marzo de 2019

¿ALGUNA VEZ TE DISPARARON?

Seguro que sí. A esta altura, no hay quién se salve. A mí me dispararon, sí. Y no estaba solo. Éramos al menos una veintena. No sé cómo estará el resto, ya que todos nos fuimos separando uno a uno luego de escuchar esas ráfagas ensordecedoras.

San Cristóbal, Táchira, República Bolivariana de Venezuela

Era 27 de febrero. Ese día salí temprano, a eso de las 6.30 de la mañana. La ciudad ya estaba en funcionamiento. Por unos pocos pesos colombianos en cada esquina me ofrecían “un tinto”. Creo que alguno me tomé. Para que mi presencia extranjera pase al menos algo desapercibida, y con no poca dificultad, adapté mi lenguaje a las circunstancias. Pregunté en qué “caie” (y no en que “caye») paraba el autobús (y no el colectivo) que tenía que tomar para llegar a mi destino.

A un chofer un tanto robotizado le pagué mil seiscientos pesos, cifra que inmediatamente dividí por setenta para traer a parámetros más conocidos unos números que, a simple golpe de vista, se me presentaban como verdaderos jeroglíficos. Al notar que iba hasta la última parada, me senté contra una ventana.

Fue ahí cuando empezó todo. La radio estaba en volumen alto y se escuchaba un periodista un tanto entristecido. Relataba con toda convicción los padecimientos del hermano pueblo venezolano. En la ciudad vecina de San Antonio de Táchira, nos decía, los comercios están cerrados, hay saqueos, la gente está muy asustada, grupos de encapuchados han abierto por la fuerza persianas de distintos locales y los han desvalijado, el resto ha decidido directamente no abrir. “¡Ay! ¡Pobres nuestros compatriotas venezolanos! Les mandamos desde aquí toda nuestra fuerza, todo nuestro apoyo”.

Terminada la noticia realmente conmocionante, los comunicadores continuaban con su trabajo, sin solución de continuidad. La voz del conductor cambiaba. Asumía un tono monótono, meramente informativo, las frases se estiraban hacia el final, como las de un vendedor de garrapiñadas (o de fruta). “En nuestra querida ciudad de Cúcuta / ayer por la noche / han asesinado a un panadero y su señora / ambos habían salido a caminar / fueron alcanzados por las balas de una Uzi // cerca de la avenida Guaimaral abatieron a un ciclista / se presume vinculado al tráfico de drogas // en la comunidad de Rosario / tres jóvenes fueron encontrados muertos / se desconocen los móviles de tan atroz crimen // en la misma noche de ayer / fue sicariada en su propia casa la lideresa social Ana María Cortés Mena / suman 120 los líderes sociales ultimados en los pasados tres meses / etc., etc., etc.”

En contraste con la expresividad casi angustiosa de la primer noticia que informaba de disturbios en los que no se registraba ni un muerto, en esta segunda el periodista parecía un verdadero profesional de la comunicación formado en una de esas academias de corte bien positivista. No mostraba sentimientos, sólo nos informaba. Su voz era neutra, no valoraba, no opinaba, tan sólo enumeraba hechos. Contaba los muertos como quien cuenta las ventanas de un edificio en un intersticio temporal, en ese tiempo inútil que se abre cuando esperas a un amigo que está llegando unos minutos tarde a la cita.

Bajé del autobús un tanto abrumado. Sellé mi pasaporte. Crucé la frontera. Lo volví a sellar. Atrás dejaba Cúcuta, adelante se me abría San Antonio de Táchira con sus montes andinos ladeándome. En el pueblo reinaba una tranquilidad aplastante. Los comercios, abiertos. Un hombre de unos treinta años me indicaba amablemente en qué caie tomar mi próximo autobús. Una señora me ofrecía una botella de agua para pasar el calor.

Fue ahí que recordé al periodista. Ese que lloraba los (inexistentes) disturbios ajenos y naturalizaba los muertos propios. Fue ahí que recordé al Lenin lector de Clausewitz, y eso que a partir del siglo XX ya no existe ese concepto medieval de “guerra justa”. Que ahora vale todo. Eso de la guerra total. Los medios de comunicación como poderosa herramienta bélica. Entendí en el cuerpo eso de la batalla cultural. Eso que decía Gramsci, eso de los ejércitos de libros que habían allanado el camino a los ejércitos físicos de Napoleón.

Ese periodista (y lo peor es que seguro ni lo sabe), con sus cambiantes tonos de voz, con sus fuentes no chequeadas, con su soberbia carente de fundamentos; es el soldado voluntario de un ejército multitudinario que hace la guerra en todos los terrenos, en todos los planos. Ahí fui que entendí. Claro. En ese colectivo, micro, autobús, ¿qué más da? nos estaban disparando.

San Cristóbal, 28 de febrero 2019