LLENOS DE MAGIA

26 de febrero 2020

¿Se acuerdan cómo conocieron a sus amigos/as? ¿En el trabajo, en la escuela, en el barrio? Les voy a contar cómo conocí a los míos.

Estaba en una pésima posición cuando estiré el brazo hacia el medio de la ruta. Mano cerrada, pulgar extendido. Acababa de bajar de un auto que me dejó en plena curva, todavía no me había acomodado la mochila y claramente no pensaba quedarme en ese lugar donde los conductores no hacían tiempo a verme, y menos a frenar. Pero escuché ruido de autos y arriesgué sin siquiera mirar. A unos cincuenta metros paró una chata, Fiat, blanca. ¿Será por mí? Me dije. Desde la caja me hacían señas.

Argentino, de Quilmes, Provincia de Buenos Aires. “Provincia de…” Esa sutil distinción que hacemos los nacidos en el conurbano para relucir nuestro endeble orgullo federal, diferenciándonos de los porteños (salvajes unitarios si los hay). Una distinción que, claro, nadie más que nosotros percibe. Ellos y ellas, pescadores, de La Paloma. Iban a pasar el día a un pequeño rancho en Río Valizas. Avanzaría unos 50km, me cerraba por todos lados. Cuatro adultos y un niño. Pareja al volante, dos amigos de la familia en la caja, el niño y quien les habla. Ah, y también una heladerita con cerveza que no tardaron en invitarme.

Cuando llegamos a destino me bajé, saludé y comencé a caminar para seguir haciendo dedo y continuar mi viaje. En eso me gritan desde la chata: “¿No querés quedarte a comer un asado?” Así nos conocimos hace ya casi diez años con esta preciosa familia ampliada de uruguayos/as. Al año siguiente estuve en la Paloma de vuelta, éramos cinco, les escribí para ver si podíamos tirar la carpa en su patio. Claro que sí. Pero no sólo eso. Cuando llegué me esperaba Luis, llave en mano, “si quieren vayan al rancho de Río Valizas, es de ustedes”. Una locura hermosa invadía a esa familia que no dudaba un segundo en prestar su casa a quienes eran prácticamente desconocidos. De ahí en adelante nos seguimos viendo. Siempre que tengo oportunidad de hacer esos 800km, paso a visitarlos. Este año no fue la excepción, me subí a la moto y fui a mi casa, la casa de Claudia y Luis.

Son estas pequeñas cosas, tan a contramano de lo establecido, las que nos llenan de esperanza. En cada asado, en cada guitarreada, en cada gesto de solidaridad, persiste latente la Patria Grande que soñaron Artigas y San Martín. En definitiva, son estas pequeñas cosas las que nos mantienen así, siempre así, llenos de vida, llenos de magia.

TODO TIEMPO PASADO FUE MUJER

17 de febrero 2020

¿Tienen ubicados sus primeros recuerdos? Yo atesoro algunas imágenes mentales, pero sobre todo sensaciones. En el mar, se acerca una enorme masa de agua, yo en brazos de mi vieja, creo que como a mil kilómetros de la costa. Ella camina en dirección a la ola y no al revés. Con un pequeño salto logra superarla, el agua nos impulsa hacia arriba para luego volver a depositar los pies de mi madre sobre la arena. Mientras miro las nuevas olas, yo ya soy parte del mar. Así, una y otra vez. Ola tras ola sentir ese vértigo que produce el mar, inabarcable, con su fuerza infinita.

Mi vieja me enseñó muchas cosas, les cuento tres. 1) Que la desigualdad es una mierda, que hay que ayudar a quienes la pasan mal y que la sociedad de consumo es pura superficialidad. 2) Que nuestra existencia es más bella y comprensible incorporando el hábito de la lectura. (Salta a la vista que estos dos primeros puntos combinados son una verdadera invitación al marxismo). 3) Vinculada a ese primer recuerdo está la que quizá sea más importante: me enseñó a no tenerle miedo al agua, aprendizaje extensible a la naturaleza en general. Todo el mundo sabe que sin agua la vida sería definitivamente más chata, más aburrida. Después me enseñó otras cuestiones como que por ejemplo lo “importante es competir” y cosas así, pero no le di bola.

Cuenta la historia que cuando estaba embarazada escuchaba Mozart, pues había leído un estudio de dudosa consistencia científica que planteaba que eso influía positivamente en la inteligencia de los futuros niñxs. No le funcionó, claro, pero no me digan que no es un lindo gesto.
Hoy cumple años mi vieja. La artífice de mis contadas virtudes. La que me bancó en las peores. La organizadora de felicidades colectivas. La número uno.

Claro que sí. Vení Freud, no te tenemos miedo.

Te quiero, ma. Feliz cumple!

MORIR VIVIENDO

5 de febrero 2014

“Pido a mis dioses o a la suma del tiempo que mis días merezcan el olvido, que mi nombre sea Nadie como el de Ulises, pero que algún verso perdure en la noche propicia a la memoria o en las mañanas de los hombres”

Jorge Luis Borges

La muerte es algo llamativo, no me digan que no. Al menos admitan que para nuestra cultura urbana del siglo XXI, es algo llamativo. La muerte es algo cotidiano, completamente normal para la sociedad. Es una condición sine qua non de toda biología que se pretenda científica. Las plantas se mueren, los animales se mueren, los hombres y las mujeres se mueren. Es así, no hay con que darle, la muerte existe y es parte de nuestras vidas. ¿Alguien puede negar eso? Claro que no. Ahora, ¿quién puede negar que para cada uno de nosotros, pensados individualmente, la muerte es algo único e irrepetible a la vez? Tenemos una sola muerte, y encima coincide con que allí se terminan nuestras vidas (al menos nuestras vidas terrenales).

Entonces ahí encontramos una tensión. Todos vamos a morir, está clarito. Ahí tenemos una certeza: vamos a morir. Entonces debiéramos preguntarnos: ¿cómo vamos a vivir? Y nuestra sociedad capitalista y la biología han elaborado una respuesta más bien práctica y que es asumida masiva-pasivamente por el grueso de la población: vamos a vivir muriendo. Y entonces claro, en cómodas cuotas de rutina capitalista iremos pagando nuestra muerte, de a poquito. Y ahí está bueno, porque no hay grandes sobresaltos, vas muriendo de a poquito, te vas apagando, vas dejando las esperanzas, te vas acomodando, acostumbrando, hasta que un día, te morís bien muerto, para siempre.

Y hay gente que no, que no le cabe la de las cuotas. Gente que vive a pleno, que vive cada día como si fuera el último, que vive, como dijera Borges en el poema ya citado, en el ápice vertiginoso del tiempo. Es esa gente que descubrió que es finita, que es pequeñita, descubrió que va a morir y decidió que así no va, que no da morir, que hay que trascender, y que para trascender no hay que esperar a que la ciencia descubra la inmortalidad ni aguantar pasivamente un cielo medio incierto. Para trascender hay que imprimirle a este mundo nuestra huella, esa huella que quedará, para siempre; esa huella que somos nosotros aunque ya no seamos nosotros. Esa huella que será trinchera para que otros conquisten el cielo en vida. Sólo así vamos a trascender.

Yo tuve un amigo, un mejor amigo, un artista, un compañero, un luchador, un organizador, un dirigente; que se negó a vivir muriendo, que se dio cuenta que tenía que trascender porque, tarde o temprano, se iba a morir. Entonces estaba apurado, quería trascender, iba del laburo al barrio, estudiaba música para embellecer el contramando que iba construyendo, iba en bici al profesorado, se la pasaba estudiando la sociedad y de reunión en reunión para planificar cómo ser más efectivo en la construcción de la huella que lo haría trascender. Y digo reuniones porque ya se había dado cuenta: solos no trascendemos, tenemos que juntarnos, organizarnos. Con mucha práctica y mucho estudio, descubrió que esa huella se llamaba comunismo y que había que vivir peleando por él, para así nunca morir.

En eso andaba cuando murió, murió de golpe. Se lo tomó muy a pecho eso de no morir en cuotas. Nos agarró desprevenidos, ni avisó, y así es que atravesamos a puro llanto su única e irrepetible muerte, la única que tenía.

Mi amigo era gigante, enorme. Él sentía fuerte, muy fuerte. De jovencito descubrió que pertenecía a una clase que tenía grandes capacidades y científicas posibilidades de cambiar la historia, y desde allí no dejó de entrenarse para aportar efectivamente a dicha transformación. Era de los que no sólo sabía, sino también sentía, que el socialismo meramente económico, sin la moral comunista, no nos interesa. Amó profundamente. Amó a su clase. Sintió en lo más hondo todas las injusticias. Amó a sus compañeros, a su familia y a su compañera.

Mi amigo estaba empeñado en trascender, estaba empeñado y lo logró. Porque Deli está objetivado en todo lo que construyó, y ahí sigue. Lo podemos rastrear, no es joda, está en cada asamblea, en cada lucha, está él, no cualquiera, él, en cada idea que salió de su cabeza y hoy sigue operando en la realidad, de verdad opera. Y ahí está, bien vivo, en la lucha por el socialismo.

Nos duele, me duele. Porque se lo va a extrañar. Su honestidad, su perseverancia, su radical anticapitalismo, su ejemplo, sus chistes malos, su alegría, su colosa humanidad. Nos duele, pero hay que seguir, con los puños bien en alto, porque Deli luchó por la vida y no por la muerte, porque Deli sigue vivo en la lucha de los trabajadores.

Hoy, una nueva certeza nos tiene que ayudar a continuar: la certeza de saber que Deli no vivió muriendo, la certeza de saber que Deli murió viviendo.

Hasta la victoria siempre.

NADA ME PODRÁ CAMBIAR, AL MENOS LA VOZ

3 de febrero 2020

Hoy es tres y ya todo se pone raro. En verdad ya hace algunos días. Es que, todavía te extrañamos. ¿Podrá ser? Sí. Seguimos soñando con que haya sido una pesadilla. Nos despertamos decepcionados. Casi seis años. ¿Por qué las fechas? ¿Qué tendrán de mágico las fechas? Quizá sea que ellas no indican lo que queda atrás con el arrollador paso del tiempo, sino lo que permanece intacto aquí adentro, inmóvil. Tal vez alberguen la vanidosa e ilusoria esperanza de que algo, al menos algo, no cambie en nosotros.

¿Qué me hago? Si ya lo dijo Borges. Ojalá lo lean:

“Ni el pormenor simbólico
de reemplazar un tres por un dos
ni el cumplimiento de un proceso astronómico
aturden y socavan
la altiplanicie de esta noche
y nos obligan a esperar
las doce irreparables campanadas.

La causa verdadera
es la sospecha general y borrosa
del enigma del Tiempo;
es el asombro ante el milagro
de que a despecho de infinitos azares,
de que a despecho de que somos
las gotas del río de Heráclito,
perdure algo en nosotros:
inmóvil.”

AQUELLA NOCHE (Sasha y Sisí)

Valeria del mar, 30 de enero

Sólo una vez dudé seriamente sobre la existencia de Dios. La mayoría del tiempo soy de los que creen que nuestras vivencias no están digitadas desde el exterior. O sí, pero siempre parcialmente y no por fuerzas divinas, sino bien materiales. Pero esa vez, debo decirlo, francamente vacilé.

Luego de un largo día, tarde pero seguro, la noche cayó sobre la montaña que nos guarecía. El lago sólo persistía en el reflejo de las estrellas más corajudas. En un camping de esos sin luz, las carpas estaban ya armadas, la comida resuelta. El fogón eliminó nuestros alrededores. Claro, las pupilas se contraen con la llamarada y pierden toda capacidad de percibir la realidad que se encuentra más allá del pequeño radio que abraza la luz del fuego.

La guitarra empezó. No sólo la nuestra. Había otros fuegos amigos, otras voces. Yuxtaposición de canciones sólo apreciable por un observador externo a los distintos fogones. Como en la cancha, se entabló un diálogo entre los grupos mediado por canciones. Comenzamos a confluir en estribillos. Nos desafiamos con diversos repertorios.

Los primeros en caer fueron los del fogón de la izquierda. Eran pocos, supieron que una alianza con nosotras les daría mejores condiciones. Ahora éramos más gargantas, no nos costó incorporar a las de la derecha, trajeron sus guitarras y accesorios. Al principio vinieron como con vergüenza, pero aflojaron rápido. Los del frente habían sumado independientes, imponían respeto. Pero claro que no nos quedábamos atrás. Estábamos muy bien. Ya seríamos una veintena. Variedad de registros y repertorio. Fuego contundente. Leña provista para amanecer ahí si las circunstancias lo requirieran. Éramos imbatibles, lo sabíamos. En nuestro momento de mayor fortaleza fue que nos desafiaron con tres de la Bersuit al hilo. Error. Manotazo de ahogado. Muy fácil para una banda descontrolada con nutrida presencia del conurbano sur. Ya no pudieron continuar su agonía, vinieron en manada, cantando y riendo. Pusieron todo su arsenal a disposición. Primó la unidad. Ya todo el camping era un sólo fogón, una sola voz.

Así siguió la noche. Juramos cantar todo lo que deba ser cantado. Cumplimos. Bajamos un poco y comenzó el momento de analizar letras al compás de la misma música. Quiénes me conocen saben la disfuncionalidad que me posee cuando llega esa ocasión. Me apasiono y pierdo toda capacidad comunicativa.

Le tocó el turno a Sasha, Sisí y el círculo de baba. Todo el mundo sabe que allí Páez refiere a un trágico femicidio. No hay muerte física, sino espiritual. Ella es encerrada en la rutina de una vida chata, sus pasiones y búsquedas son secuestradas. Sasha traza el círculo de baba de una cotidianeidad mediocre. Sisí muere de hambre y vanidad, como la serpiente en el mito.

Nos detuvimos en cada verso, en cada imagen. La atención era total. La mayoría éramos desconocidos, pero estábamos sinceramente entregadas al majestuoso rito. El fuego convertía las caras en verdaderos jeroglíficos, tan indescifrables como las canciones que esa noche nos reunían por única vez. Cada quien aportaba su matiz, su interpretación de tal o cual palabra. Cuando la canción iba culminando, olvidamos la frase final. Continuamos con la música tratando de recordarla. El tiempo se detuvo. No sé si pasaron treinta segundos o dos horas. Quien oficiaba de guitarrista jugaba con los acordes, casi dándose por vencido. La percusión fue abandonando la escena y sólo quedó la guitarra, como fondo de una figura que no aparecía. Fue ahí que ocurrió. Desde la oscuridad irrumpió una voz entonando el verso que todas habíamos simultáneamente olvidado. Simplemente fue lo que pasó bajo esta luz, dijo. Se acercó fumando, cantaba bien, demasiado bien. Nos completó. Es absurdo que intente reproducirlo. Supe que el aura de la que habla Walter Benjamin era cierta, y estaba ahí, sólo ahí y nada más que ahí. En ningún otro lado, en ningún otro momento. Ahí y nunca más.

Quizá fue el momento más poético que hayamos vivido. Nos lo entregó un personaje misterioso, anónimo. Un personaje que nunca más volvimos (ni volveremos) a ver. Si me dijeran que no existe testimonio de esa persona, que nunca nadie más se la cruzó, que solamente vivió durante esos minutos, que apareció y desapareció para entregarnos ese momento, lo creería.

Después de todo, eso no sería más extraño que lo que nos pasó aquella noche.

OTRA VEZ HA FRACASADO EL FUNERAL

Temuco, Chile. 20 de enero de 2020

Cuenta la historia que la Gran Muralla China es la única obra humana que se ve desde el espacio. Tiene como 20.000 kilómetros de largo, cuatro veces la distancia entre Ushuaia y La Quiaca. Se edificó durante casi 2000 años. Qué locura ¿no?

¿Saben quién la construyó? Sus albañiles. Eso me lo recordó un tal Bertolt Bretch. Lo mismo podríamos decir de las siete maravillas del mundo. Siempre los albañiles ahí. Ladrillo a ladrillo. Sus obras a menudo pasan a la historia, pero ellos no suelen tener la misma suerte.

Los gases lacrimógenos en Chile son muy potentes. Es difícil neutralizarlos pues los hay de cuatro clases distintas. La mayoría de los carabineros llevan escopeta y apuntan a la cara. Los hidrantes son muy agresivos, su agua está repleta de químicos y suelen ir de a dos. Los zorrillos van largando gases por todas partes. Piñera dice que hay una guerra. Pero Mauricio Fredes se defendía de tan descomunal armamento represivo con las mismas piedras con las que horas antes preparaba la mezcla para cargar una losa en su población. Es que él era albañil. Esa tarde fue a Plaza Dignidad a pelear por los suyos.

Aunque al pueblo chileno no le falta valor, a veces se impone retroceder. Porque cuando los pacos salen a cazar, uno no sabe cómo puede terminar. Quizá en un centro de tortura de esos que montaron en las estaciones del metro. Fredes escapaba de ese tenebroso destino. Fue mientras lo corría un hidrante a toda velocidad cuando cayó a una fosa. Sus perseguidores no lo auxiliaron. A sus 33 años de edad, Mauricio Fredes murió ahogado.

Ayer caminaba por esa esquina, se ha convertido en un verdadero santuario. Cientos se acercan cada día a dejar su cariño. Miles asistieron a la casa de su abuela a despedirlo. Es vivado en cada concentración.

Cuando las chilenas y los chilenos terminen la obra que comenzaron el pasado octubre, cuando el régimen de la dictadura implosione definitivamente y de lugar a una patria justa, todas recordaremos los ladrillos que pegó Fredes en tan digna construcción. Esta vez sí los albañiles pasarán a la historia.

Sus asesinos quisieron enterrarlo, no pudieron. Otra vez ha fracasado el funeral.

EL ARTE DE AMAR

Concepción, Chile. 16 de enero de 2020

¿Por qué no cantas algo? / No, che. Me da un poco de vergüenza. Después la hacemos si pinta / Pero si sos músico, tocate algo, dale / Es que estoy medio en otra, viste / Pero si estudiaste como siete años en una facultad ¿por qué no querés tocar? / Bien, me gusta esa lógica, entonces: ¿Por qué no te haces una cirugía a corazón abierto acá para los pibes? ¿Por qué no te curas una buena gripe? Eh? Dale! Y vos, hacete un planito de un monoambiente, 32 metros cuadrados y ecosustentable por favor! ¿Y vos Migue, cómo te ves facilitando un habeas corpus para la banda? No! Mejor! Defendete a un acusado de triple homicidio, acá, dale!

No sorprendo a nadie si digo que la profesión del músico/a está un poco infravalorada. Nos han tomado un poco para la joda. Es que, si tocáramos una obra de John Cage posiblemente nos tirarían con algo (yo también lo haría). La trampa es evidente. En realidad no quieren que toquemos, quieren que los entretengamos. Hemos recaído en animadores de fiestas (mi más sentido respeto para con les colegas).

Pero en verdad nos gusta. No el hecho de carecer de derechos, claro. Como decía Ricardito Riganti nos sabemos en deuda con la naturaleza. Seguimos trabajando aún concluida nuestra jornada laboral no por autoexplotación, hay placer allí. Hay una satisfacción fundada en el hecho de saber que se está cumpliendo con una misión trascendental. Aquella que nos fue legada en majestuoso ritual. Da sentido a nuestros días sabernos parte de algo tan grande. Tocamos en cualquier parte porque conocemos el fondo de la cuestión. Trabajamos mancomunadamente por defender el mandato que nos ha sido confiado.

En definitiva todo el mundo lo sabe ¿por qué ocultarlo? Sin medicina, la vida sería más corta. Sin arquitectura, sería un poco más desordenada. Sin ingeniería, quizá las fuerzas productivas ya habrían cesado de crecer. Sin sociología… bueno, qué sé yo, creo que seguiría todo igual. Sin abogacía, habría seguro algunos garcas menos. Pero sin música, ya lo dijo un particularísimo viejo alemán, sin música la vida sería un error.

NO ERA CIERTO

Valparaíso, Chile. 13 de enero de 2020

Un día me mordió un perro. Sí. Fue en Cuba. Muy lindo país, muy linda su gente, pero me mordió un perro. Más precisamente en Cienfuegos. La tarde caía y yo iba caminando muy tranquilamente. Rodeaba una gran bahía que caracteriza a la ciudad. En eso aparece un perrito, feo, muy feo, chiquitito, casi despreciable. Se acercó ladrando como un imbécil. Nunca sospeché sus intenciones. Me mordió y se fue el muy cobarde. Seguía ladrando.

No me había pasado antes. Me indigné. Me enojé. Me sentí un boludo. Pensé, con un poco de nostalgia (y mucho de racionalidad abstracta), que de ahí en adelante temería a los perros desconocidos. Aventuré que el mundo sería más gris transitándolo con ese miedo. Dejé ese pensamiento colgado ahí. Evalué represalias. Las descarté. Me supe derrotado. Me resigné.

Pero lo peor, lo peor de todo, es que se me cayó aquella idea fuerza que creía imbatible. Esa que nos formó la conducta a tantas generaciones. Esa que hizo tantos méritos para llegar a refrán (el máximo estatus al que pueden aspirar las ideas que quieren calar en los pueblos). Ese día era derribada una idea fuerza y en su caída arrojaba un manto de duda sobre tantas otras. Ese día supe la verdad. Ese día descubrí la farsa, la mentira. Fue terrible. Es que, no era cierto que perro que ladra no muerde.

CHILE DESPERTÓ

Santiago de Chile, 11 de enero de 2020

¿Te cuesta levantarte a la mañana? ¿Cuántas veces te suena el despertador? ¿Despertarte y levantarte son una misma cosa en vos? Yo tengo una amiga que en invierno para evitar el frío matutino y ahorrar tiempo duerme con la ropa que va a usar al día siguiente. Raro.

Plaza de la dignidad, Santiago de Chile

Ayer hizo mucho calor, y yo tengo bastante sentido de la orientación. Sí, nada que ver. Por la mañana había mirado un mapa y más o menos lo tenía en mi mente, dejé la moto un poco lejos del centro y me largué a caminar. Entré inexplicablemente en una competencia conmigo mismo, me pasa seguido. No había árbitros para sancionarme pero, aún así, yo no quería volver a mirar el mapa. No me podía ganar una Capital, son todas parecidas, pensé. Las calles pasaban, y mis cálculos me decían que ya tendría que haber llegado. Empecé a dudar, el calor me tentaba a parar y preguntar, echar un vistazo fugaz al mapa, nadie se daría cuenta.

La incertidumbre comenzó a apoderarse de mí. ¿Era la primer avenida o la segunda? La frustración empezó a asomar. Esa desmoralización que nos invade cuando, aún en carrera, ya nos sabemos vencidos. Me acordé que soy muy perseverante, y que ese era mi esperanza de pequeño para confiar en que, de llegarme la carta de Hogwarts, seguro terminaría en Gryffindor. Así y todo, me sentía diezmado. ¿Por qué subestimé el desafío? ¿Por qué esa soberbia? ¿Por qué no miré mejor el mapa, al menos cinco segundos más?

Y ahí fue que apareció de fondo, imponente, el Palacio de la Moneda. Ese que bombardearon aquel 11 de septiembre de 1973. Me estremeció un poco verlo custodiado por las mismas fuerzas que hace más de cuarenta años lo tomaron a sangre y fuego.

Después caminé por la Alameda, hacia el este. Visualicé aquellas imágenes de los tanques recorriéndolas durante la genocida dictadura de Pinochet. Recordé que hace poco más de un mes, volvieron a recorrerlas por orden de Piñera. Vino a mi mente ese último discurso de Salvador Allende a horas de ser asesinado, en donde pre-anunciaba los hechos de estos días: “Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor.”

Me iba acercando a la Plaza de la Dignidad. Cada vez más gente. Llegaban en grupos, sueltos, salían del trabajo y se daban una vuelta. Gases lacrimógenos. Algunas balas de goma, dos hidrantes girando alrededor de la rotonda que alberga el monumento de la oligarquía, profanado una y otra vez por las persistentes movilizaciones. Los autos pasando con total normalidad, lavados con los chorros del hidrante. Carabineros custodiaba la plaza para que no sea tomada por la manifestación, pero era absurdo. Todos sabíamos el final.

Dispersar a este grupo, al otro. Pero acá nadie se va a su casa. Cada vez somos más. Avance retroceso, avance, avance, avance. Pisar la plaza, bailando cantando, saxos, trompetas, cerveza, bombo con platillo, danzas autóctonas, pueblo. El enfrentamiento se corre a dos cuadras. Ya estábamos “en una hermosa plaza liberada”, como dice aquella vieja canción de Pablo Milanés. Fuegos artificiales, solidaridad, cantos, charlas, mucha alegría.

Chile despertó, pero no como vos que das vueltas, con que cinco minutos más, con que la próxima alarma. Chile saltó de la cama. Tuvo una pesadilla. Pero también tuvo sueños de los buenos, esos que hoy llenan pancartas y forman estribillos. Chile despertó. No es que se haya ido a dormir tranquilamente, en realidad lo durmieron de una piña, como a tantos pueblos de nuestro continente, lo patearon en el piso. Lo maniataron cuando estaba inconsciente con una Constitución que hoy cruje al calor del estallido social. Lo torturaron con cada reforma neoliberal que precariza la vida y hace más ricos a los ricos.

Nunca, pero nunca se olviden que lo de Chile ocurre porque el capitalismo funciona bien. No hay falla. Este es su perfecto funcionamiento, el orgullo de los capitalistas de todo el mundo. Acá nos trajo.

Pero Chile despertó, para siempre.

¿ALGUNA VEZ VISTE UN FANTASMA?

30 de diciembre de 2019

Sería raro. En realidad la pregunta es más concreta. ¿Alguna vez viste a alguien que sólo vos percibías? Porque te cuento que los fantasmas funcionan así. No son seres que andan levitando por ahí, medio traslúcidos. Son completamente normales, el detalle es que tus pares no los ven, o no los quieren ver, qué se yo.

En su cuento “Silvia”, Julio Cortázar nos relata la historia de Fernando, un tipo que se junta a comer un asado con sus amigos. Adentro, los adultos hablan de trivialidades, afuera los niños juegan, lo hacen con Silvia, una chica un poco más grande. A ella no le gusta jugar a los indios pero en otras se prende, y ayuda mucho al más chiquito, Renaud. Paulatinamente Fernando comienza a darse cuenta que él es el único adulto que ve a Silvia. Las niñas se divierten con ella, lo hacen con total naturalidad, les ata los cordones, las alza para alcanzar un muñeco que quedó sobre un árbol. Pero en el mundo de los grandes, Silvia no existe.

De chico me encantaba jugar a las escondidas. Era bastante bueno, modestia aparte, digamos todo. Mi alto nivel se debía principalmente a dos características. Por un lado, siempre fui muy competitivo, con lo cual ya le sacaba ventaja a una gran porción que jugaba “para divertirse”, ilusos. Pero el elemento verdaderamente determinante es que corría bastante más rápido que la media, atributo que es clave en las escondidas. Cuando la quedas, la sorpresa sólo puede ser contrarrestada sacando ventaja en la corrida final. Cuando no la quedas, la sorpresa combinada con la velocidad te vuelven prácticamente imbatible. Así era yo. Humilde… y un campeón.

Aún hoy visualizo cada escondite. Ver entre las ramas el panorama. No apresurarse. Tratar de garantizar ser el último en picar “para todos los compas”. Buscar coincidir en el escondite con esa chica que nos gustaba. Contener la respiración cuando el rival pasaba por debajo del árbol que nos guarecía.

Recuerdo que en ese entonces una idea me aquejaba. Me divertía tanto que pensaba con cierta angustia en el futuro. Es un dato de la realidad que los adultos no juegan a la escondida. Evidentemente se iba a acabar, el paso del tiempo aparecía como un gran enemigo. Por qué vamos a dejar de jugar, me preguntaba. Opción A: porque cuando sea grande me va a dejar de gustar el juego. Opción B: porque cuando sea grande a mí me va a seguir gustando, pero al resto no, entonces no voy a tener con quién jugar. Cualquiera de las dos opciones era horrible. La primera me empujaba a cuestionar el propio presente, ¿acaso vivimos algo poco importante y después nos vamos a dar cuenta? La segunda me hacía pensar en un futuro solitario, rodeado de ortivas o, peor aún, de caretas que por alguna extraña razón no se animaban a confesar que les divertía lo mismo que a los niños/as.

Ayer miraba una película de Tarantino y recordé que una vez mi tío me contó un dicho. “Si bien la mayoría cree que un adulto es producto de lo que aprendió desde niño, en realidad es el producto de lo que no olvidó.” Supe que en algún grado la frase era cierta. No es lo que adquirió, sino lo que preservó, intacto, indoblegable. De niños inventábamos mundos propios, ahora padecemos mundos ajenos sin chistar, reflexioné. Entendí que Cortázar hablaba de eso. Siempre así Julio, filoso. En la niñez, como en el arte, realidad y ficción se fusionan. Qué picardía perder eso, pensé. Me sentí identificado con Fernando. Será que él veía a Silvia porque aún le gustaba jugar a las escondidas. No sé. Pero en cualquier caso, aguanten los niños y las niñas.

Por si quedaban dudas, cuando quieran jugamos, arranco quedándolas.

(Sí, voy a empezar a recomendar cosas. En esta ocasión “Silvia” de Julio Cortázar, en “Último Round”)