26 de febrero 2020

¿Se acuerdan cómo conocieron a sus amigos/as? ¿En el trabajo, en la escuela, en el barrio? Les voy a contar cómo conocí a los míos.
Estaba en una pésima posición cuando estiré el brazo hacia el medio de la ruta. Mano cerrada, pulgar extendido. Acababa de bajar de un auto que me dejó en plena curva, todavía no me había acomodado la mochila y claramente no pensaba quedarme en ese lugar donde los conductores no hacían tiempo a verme, y menos a frenar. Pero escuché ruido de autos y arriesgué sin siquiera mirar. A unos cincuenta metros paró una chata, Fiat, blanca. ¿Será por mí? Me dije. Desde la caja me hacían señas.
Argentino, de Quilmes, Provincia de Buenos Aires. “Provincia de…” Esa sutil distinción que hacemos los nacidos en el conurbano para relucir nuestro endeble orgullo federal, diferenciándonos de los porteños (salvajes unitarios si los hay). Una distinción que, claro, nadie más que nosotros percibe. Ellos y ellas, pescadores, de La Paloma. Iban a pasar el día a un pequeño rancho en Río Valizas. Avanzaría unos 50km, me cerraba por todos lados. Cuatro adultos y un niño. Pareja al volante, dos amigos de la familia en la caja, el niño y quien les habla. Ah, y también una heladerita con cerveza que no tardaron en invitarme.
Cuando llegamos a destino me bajé, saludé y comencé a caminar para seguir haciendo dedo y continuar mi viaje. En eso me gritan desde la chata: “¿No querés quedarte a comer un asado?” Así nos conocimos hace ya casi diez años con esta preciosa familia ampliada de uruguayos/as. Al año siguiente estuve en la Paloma de vuelta, éramos cinco, les escribí para ver si podíamos tirar la carpa en su patio. Claro que sí. Pero no sólo eso. Cuando llegué me esperaba Luis, llave en mano, “si quieren vayan al rancho de Río Valizas, es de ustedes”. Una locura hermosa invadía a esa familia que no dudaba un segundo en prestar su casa a quienes eran prácticamente desconocidos. De ahí en adelante nos seguimos viendo. Siempre que tengo oportunidad de hacer esos 800km, paso a visitarlos. Este año no fue la excepción, me subí a la moto y fui a mi casa, la casa de Claudia y Luis.
Son estas pequeñas cosas, tan a contramano de lo establecido, las que nos llenan de esperanza. En cada asado, en cada guitarreada, en cada gesto de solidaridad, persiste latente la Patria Grande que soñaron Artigas y San Martín. En definitiva, son estas pequeñas cosas las que nos mantienen así, siempre así, llenos de vida, llenos de magia.







