YO LO PENSARÍA DOS VECES

Caracas, 14 de abril de 2019

Las diversas arrugas que fragmentaban tenuemente su cara mantenían una extraña proporcionalidad. Había en ellas una especie de orden interno, una armonía. Si uno miraba atentamente, podía percibir que a cada lado de aquellas sutiles zanjas la piel estaba como contraída, firme. Como si el seño le hubiera quedado ligeramente fruncido, para siempre. Esas arrugas eran un verdadero currículum. Se acercó, me preguntó si lo que estaba tomando tenía alcohol, pues si así fuera no podría continuar haciéndolo en esa plaza. Le conté que era mate, una especie de té que habituamos beber en Argentina. “¿Y por qué lo toman, qué les genera?” Preguntó. “Porque nos gusta, es como una infusión”. Contesté. “¿Pero para qué lo toman?” Insistió. “¿Y para qué ustedes toman café?” Le retruqué. Recién ahí entendió el carácter cuasi filosófico que tenía su interrogante y lo absurdo que era persistir en el mismo.

Era un miliciano, estaba cuidando la plaza. Tendría unos sesenta y tantos años, noté que rengueaba un poco. Me dijo que estaba bien que tome mate, porque el espacio de la plaza tenía como objetivo que la gente pueda relajarse. Ese comentario me bastó para comprender que su pregunta inicial no era más que una excusa para entablar una conversa. Charlamos un rato mientras yo esperaba a una compañera. Me preguntó qué leía. Le mostré: Borges. Se puso contento, ese era su nombre. Le conté que en mi país era un apellido. Me relató los diversos trabajos por los que pasó en su vida (constructor, vendedor de yesqueros, verdulero, etc.). Repuso que hacía tres meses se había sumado a la milicia “para defender, rodilla en tierra, a la patria de los gringos”. El hecho me conmovió. Nos saludamos amablemente, creo que ambos tuvimos la certeza que nos volveríamos a ver.

Desde la paz de Westfalia de 1648, es difícil hablar del Estado sin hablar del su facultad para ejercer el monopolio de la violencia. Bajo el capitalismo “la sociedad civil se desarma” y el derecho a utilizar la violencia queda en manos únicamente del Estado y sus Fuerzas Armadas. El bien y el mal ya no definen por penal, lo hace un árbitro (bombero por cierto). Juez y parte, es el Estado quien resuelve la partida. Pero no sólo patea penales sin arquero, sino que directamente tiene entre sus atribuciones decidir quiénes son los buenos y quiénes los malos. El monopolio del ejercicio de la violencia como a atributo de un sector de la sociedad, es un pilar fundamental del orden actual de cosas.

Ayer se cumplieron 17 años de aquel día en que el pueblo venezolano volvió a poner en el poder a Hugo Chávez, tras el golpe de Estado que la derecha le propició el 11 de abril del 2002. Ayer mismo, en el acto conmemorativo de tan importante fecha, juraron más de dos millones de milicianos y milicianas a lo largo de todo el país. Por Caracas desfilaron decenas de miles, gente de pueblo que voluntariamente se alistó. Muchas mujeres, muchos jóvenes, viejitos que, orgullosamente, portaban su fusil. Un “sí, juro” irrumpió a lo largo de todo el Paseo de los próceres luego que el Presidente Nicolás Maduro les preguntara si estaban dispuestas y dispuestos a dar la vida por la patria.

Reflexioné que ese pueblo armado estaba desafiando al orden de Westfalia. Que, al menos en un ínfimo punto, ese acto irreverente ponía en cuestión aquella ley sagrada sobre el monopolio del ejercicio de la violencia. Me volví a sorprender, una vez más, de la radicalidad de Chávez. Me acordé del miliciano Borges. Sin verlo, lo vi. Sonriente, alegre, rengueando un poco, con paso apresurado, haciendo un esfuerzo por no quedar atrás en el desfile. Deduje que allí iban miles de Borges, con sus arrugas, con sus historias, con sus ganas de conocer a un extranjero en una plaza, con sus dificultades, con su normalidad. Pensé en mi país y en otros de la región, en lo rápido que se puede retroceder en las conquistas de una década. Deduje que cuando esa gente normal es la que defiende un proceso, es muy difícil revertirlo. Pero que si encima lo hace en un contexto de cuestionamiento de la democracia representativa, esto es, no sólo lo defiende votando, sino participando y hasta dispuesta a empuñar un fusil, revertirlo se vuelve casi imposible.

En 2002 secuestraron a Chávez, lo desalojaron del poder. Esa gente común bajó de los barrios y rodeó Miraflores masivamente, los golpistas se tuvieron que ir. El primer intento de la oposición por gobernar sin aquel pueblo que desde la irrupción del chavismo había pasado de ser objeto a ser sujeto de la política, duró menos de 48hs.

Diecisiete años no pasaron en vano. Esa gente común tiene mayor experiencia, mayor conciencia y dos millones de milicianos/as. ¿Acaso será verdad que los gringos están repensando el tema de la intervención militar? No lo sé. Pero con un pueblo así, yo lo pensaría dos veces.

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