NO SE PUEDE ESTAR EN LA MISA Y EN LA PROCESIÓN

Siempre me sorprendió la capacidad que tienen los dichos populares para expresar verdades. No se puede estar en la misa y en la procesión, es cierto. No se puede estar con Dios y con el Diablo. Pero como siempre existe la excepción que confirma la regla, yo hoy sí pude estar en ambas.

“¡¿Argentino?!” Al notarme interpelado prosiguió: “¡Argentino! ¿Cómo estás? Vení para acáa chee boluudo”. El moreno disfrutaba como un triunfo haber acertado con mi nacionalidad. El mate no estaba a la vista. No había emitido palabra en los últimos minutos, con lo cual no había chance que haya escuchado la ye, elemento que le hubiera bastado para reducir sus elucubraciones sobre mí procedencia a dos posibilidades: Buenos Aires o Montevideo. Cuando habitantes de otros países nos imitan, suenan como italianos. Alargan las anteúltimas sílabas y meten todos los argentinismos que conocen amontonados. “Piibe, boluudo, qué decís chabbón, cómo está meessi, maradooonna.”

Luego de charlar un poco, nuestro detective demostró ser un farsante. En su descubrimiento no hubo mérito alguno. Habíamos jugado juntos a la pelota la semana anterior, en un picadito que se arma todos los días (a dos goles) en una cancha libre en el centro de Caracas. A veces cuesta reconocer a la gente cuando uno se la encuentra en contextos inesperados. Me interrumpió atravesando la Plaza Bolívar. Su nombre, José. Me contó que trabajaba en una panadería que tenían sus padres. Que estaban remando bastante bien los apagones y la falta de agua. Me preguntó a dónde me dirigía, no le dije la verdad. Quizá porque me dio pena (como acá le dicen a la vergüenza).

Bajé al metro. Me pregunté una vez más por qué será que por los altoparlantes siempre pasan música de película erótica. Iba rumbo al este. Atravesé unas doce estaciones, dato importante. “California”. Subí por las escaleras mecánicas. Salí a la calle. Comenzaba a concentrarse gente. En unos veinte minutos, me encontraba en el corazón de la movilización convocada por Juan Guaidó, con el muy elocuente nombre de “Simulacro de la Operación libertad”. En sus propias palabras, un ensayo general de lo que sería la toma del poder.

El marxista italiano Antonio Gramsci, nos ha enseñado que la hegemonía consiste en hacer pasar los intereses de un sector social, por los del conjunto. En mi país, por ejemplo, la oligarquía exportadora, dice que hay que eliminar las retenciones, para que “el agro se vuelva más competitivo”. ¿Quién no ha visto a un laburante defendiendo ese programa “para que Argentina sea más competitiva”? La trampa consiste en que, en verdad, quien se vuelve más competitiva no es Argentina (lo general), sino un grupo de empresarios muy poderosos (lo particular).

La derecha venezolana procede exactamente al revés. Podríamos decir que es anti-hegemónica. Tiene claros sus intereses (lo particular), pero se los confunde con los del conjunto (lo general). La oposición convocó a una movilización en un barrio paqueto a 15km de la casa de gobierno. Que se entienda, es como que en Argentina un don nadie se diga representante del interés general-nacional y haga sus actos en los bosques de Palermo. ¿Alguien puede pensar que el conjunto de la sociedad se va a sentir identificada? Raro. Es como que en Uruguay se haga un ensayo general de asalto al poder en un Starbucks de Punta Carretas.

La oposición moviliza donde vive, lejos de las mayorías. Moviliza con sus gritos de odio. Lo hace con sus gorras yanquis, con sus relojes caros y sus maquillajes exuberantes. Lo hace con sus pancartas que piden la intervención militar de Estados Unidos. La marcha era entre mediana y chica. La derecha se aísla, pierde credibilidad. Su optimismo infundado desgasta a una base que pierde la paciencia.

Luego de pasar por el ensayo, me dirigí a la obra: al palacio de Miraflores. Ahí donde no hay simulacros, ahí en el centro mismo donde se anuda el poder. El pueblo chavista se encontraba movilizado por quinto sábado consecutivo. Decenas de miles inundaban las calles. El contraste era marcado. Esa gente se parecía más a Venezuela. Había negros, mestizos y también blancos. Esa marcha se parecía más a Nuestramérica. Había banderas de Venezuela, de Cuba, de Argentina. El discurso de Nicolás Maduro se parecía más a los deseos del mundo entero, en diálogo con su presidente, el pueblo se comprometía a defender la paz y evitar el enfrentamiento militar. Me di cuenta que por más esfuerzo que uno haga por construir consensos, los intereses de las dos movilizaciones no se pueden conciliar. Pedir que el imperio más siniestro de todos los tiempos invada militarmente tu país. Prender fuego vivo a un opositor. Es complejo. La realidad nos obliga a elegir.

Mientras reflexionaba sobre estas cuestiones y observaba atentamente a un numeroso grupo de personas que bailaba al compás de los más diversos géneros, haciéndole frente con una sonrisa a la ecléctica lista de reproducción del musicalizador, me crucé a José. “¡Menos mal que te veo acá!” me dijo, “¡Ya pensaba que te habías ido para la marcha de Guaidó!” Como si el reencuentro fuera un círculo perfecto cerrándose, como si todo estuviera guionado, aquel joven venezolano se metió muy ordenadamente en mi reflexión, la respuesta salió sola: “Te voy a confesar una cosa, José. Fui. Pero sólo para comprobar una cosa: no se puede estar en la misa y en la procesión”

Caracas, 6 de abril de 2019

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s